Agua de coco

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Para navidad mi pareja me regaló un masaje relajante. 

Sí, ya sé que voy tarde. Pero desde que hemos sido papás la verdad es que los momentos de relax no abundan en casa.

Así que hace unos días, por fin decidí que era hora de aprovechar mi regalo y agendé esas dos horas de silencio, tranquilidad y cuidados para mi cuerpo. 

Cuando llegué al centro, sonaba música hindú y flotaba en el ambiente un olor entre incienso y vainilla. La masajista me acompañó hasta la sala de masaje que estaba ya iluminada con velitas titilantes. En la camilla me había dejado preparada una bandeja metálica con unos bombones y un vasito de madera de agua de coco.

El agua de coco estaba fresquita, con un punto dulce y llena de energía. Aromatizada por la madera del vaso. Brillante por la luz de las velas.

El agua de coco estaba riquísima. 

Un agua de coco, que en mi día a día, no me emociona en absoluto.

Alguna vez la he probado y ha pasado por mi garganta sin pena ni gloria. Creo que nunca he tenido agua de coco en casa. Ni la he pedido en ningún sitio. Nunca me he despertado con antojo de agua de coco.

Pero ese día el agua de coco me supo a gloria. 

Como si la propia masajista hubiera abierto un coco con un machete justo antes de que llegara para decantar ese agua caída del cielo sobre mi vasito de madera. 

Si salgo de mi burbuja zen y vuelvo a la realidad, muy probablemente, ese agua de coco la había comprado el día anterior en el supermercado de la esquina y 5 minutos antes de mi llegada la había sacado de un tetrabrik de la nevera y servido en mi vaso.

¿Por qué me gustó tanto entonces el agua de coco?

¿Por el contexto? ¿Por la experiencia? ¿Por el diseño?

Seguramente por una combinación de los tres. Lugar, momento y apariencia. 

¿Te has planteado alguna vez cómo le sirves el agua de coco tus productos y servicios a tus clientes?

Cuando les respondes un email, cuando tienes una reunión con ellos… o cuando entran a tu web.

Solemos pensar que si tenemos un buen contenido, un buen servicio, un buen producto, todo lo demás da igual. Que el contenido es más importante que el continente. 

Como periodista de formación, no seré yo quien te diga que el contenido no es importante. Pero como diseñadora que en la última década le ha dado forma a más de 200 webs, te puedo confirmar que el continente tiene casi el mismo peso (y, a veces, incluso, un poquito más).

Para que tu cliente esté dispuesto a pagar por tu servicio el precio que quieres que te pague, el servicio en sí debe ser bueno. 

Ahí estamos de acuerdo. 

Pero la forma en la que lo comunicas y lo entregas, también.

Y eso muchas veces pasa por tener una web accesible, que se entienda, que sea sencilla de navegar, que te represente, que sea atractiva visualmente, que conecte con quien está al otro lado de la pantalla y sienta que allí se resuelven sus problemas.

Y eso, voraginer, pasa por cuidar el diseño y la usabilidad de tu página tanto como tu contenido. 

Coge mi mano, date 5 minutos de reflexión y pregúntate:

¿La gente pasa por tu web pero luego te pide a ti que se le expliques “bien” lo que haces?

Cuándo mandas un presupuesto, ¿suelen rechazarlo porque les parece caro?

En resumen, ¿le estás sirviendo el agua de coco a tu cliente en un tetrabrik a temperatura ambiente o en una vaso de madera sobre una bandeja de plata?

Si necesitas un vaso a medida, aquí estamos para darle forma.

Un abrazo,
Marina

P.D: ¿Y tú? ¿En qué vaso estás sirviendo tu negocio ahora mismo? Respóndeme a este mail y cuéntamelo. Leo y respondo todos los mensajes 🙂

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