Mi amigo cierra su empresa

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Uno de mis mejores amigos está ahora mismo cerrando su empresa.

 Lleva muchos meses intentándolo todo para mantenerla a flote, pero al final, cierra.

Cierra al borde del burnout. Con un cansancio físico y mental que se lo estaba comiendo.

Cierra dejando a varias personas sin trabajo. Y quedándose él mismo en el paro sin saber qué será lo siguiente.

Mi amigo dice que se le ha juntado la crisis de los 40 con la crisis de la IA.

Pero yo creo que se le han juntado algunas cosas más.

Durante estos días en los que ha anunciado el cierre a colaboradores y clientes, me ha ido contando dos tipos de reacciones:

  • Aquellos que sinceramente sienten su situación y le desean que el cambio sea para mejor y pueda recuperarse
  • Y aquellos que preguntan: ¿Qué hay de lo mío?

Curiosamente muchos del segundo grupo son los que durante los últimos meses han estado regateando cada euro. Los que han ido reduciendo el número de horas contratadas. Los que han aplazado proyectos una y otra vez. Los que han ido descuidando su criterio para imponerle lo que les decía la IA y solo llamarle cuando aparecía el incendio.

Mi amigo no es el único.

Llevo todo el año escuchando historias parecidas de más gente que trabaja en el sector creativo y en el digital. Compañeros que están (estamos) viendo cómo cada vez se les exige más a cambio de menos. Viviendo en un equilibrio casi imposible entre incertidumbre y exigencia (propia y ajena).

Y con toda esta situación, me vino a la cabeza un post que leí hace ya tiempo que comentaba cómo solemos dar por hecho que las pequeñas empresas siempre van a estar ahí.

Hasta que dejan de estarlo.

Nos sabe mal que uno de nuestros colaboradores o proveedores nos diga que no puede más, que está agotado, que lo ha intentado todo, que baja la persiana.

Pero rara vez analizamos cuál ha sido nuestro papel durante el tiempo que ese negocio ha estado abierto.

Cuántas veces hemos aplazado una compra para “más adelante”. Cuántas veces hemos sido nosotros los que hemos preguntado: ¿y no se puede hacer más barato? ¿y no puedes quitar esto del presupuesto? Cuántas veces nos hemos conformado con algo regulero por no pagar a alguien que podría hacernos algo realmente bueno para, pasado el tiempo, darnos cuenta de que esa hubiera sido la mejor opción.

Porque muchas veces como consumidores, y me incluyo la primera, priorizamos lo rápido y lo cómodo que nos ofrecen las grandes empresas. Y tan solo acudimos a los pequeños cuando las cosas salen mal. Cuando ya es demasiado tarde.

{{person.firstName}}, tú y yo estamos a ambos lados. Somos los que vendemos. Pero también los que compramos. Y eso, aunque seamos pequeños, nos da responsabilidad y poder.

Está en nuestra mano decidir en qué mercado queremos seguir trabajando dentro de uno, dos, cinco años. Si queremos seguir contando con colaboradores que engrandecen nuestro trabajo con su experiencia y su criterio. Si queremos que sigan existiendo marcas pequeñas y únicas que nos traten de tú a tú, que se sepan nuestros nombres y apellidos.

Mi amigo estará bien. Es muy bueno en lo que hace y sé que acabará encontrando de nuevo su sitio.

Me he propuesto que su cierre me sirva de recordatorio de que importa dónde dejo mi dinero. Y de que cada vez que elija lo rápido y lo cómodo, merece la pena pararme un momento a preguntarme: ¿estoy eligiendo lo mejor?

Un abrazo, 
Marina

P.D: Si llevas tiempo diciéndote "tengo que renovar mi web, lo haré más adelante", quizá esto sea una señal de que más adelante es ahora. 

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